descargaJulio Anguita

En estos días de trepidación informativa en torno a la formación de Gobierno y las posibles combinaciones que puedan producirse para ello, se está obviando, tanto por parte del discurso político como por el de la crónica y el análisis apresurado, una realidad que Bruselas recuerda una y otra vez: no es posible flexibilizar los plazos en el cumplimiento del compromiso contraído con la UE.

Por otra parte, y también Bruselas, adelanta la cuantía de los recortes obligatorios, unos 9.000 millones de euros. Y para terminar de situar el problema, la deuda pública que ya está en torno al 100% del PIB, debe incrementarse con la emisión de unos 320.000 millones de euros, de los cuales 180.000 millones son para pagar intereses.

Todo un círculo infernal de entrampamiento para pagar los intereses de la trampa; y así hasta el infinito, o hasta la quiebra. Resulta cómico y trágico que los aspirantes a gobernar planteen medidas económicas totalmente irrealizables sin sacudirse el dogal del Pacto de Estabilidad y sus cláusulas.

¿Cómo puede hablarse de cambiar aspectos de la Constitución dejando intacta la malhadada reforma del artículo 135 que perpetraron al unísono el PSOE y el PP? ¿De qué vale fabular acerca de políticas sociales si al fin y a la postre Bruselas tiene la última palabra sobre los Presupuestos Generales del Estado? Tanto en la campaña electoral como ahora, en pleno frenesí de idas y venidas cortesanas, la cuestión de la UE es obviada e ignorada.

Pareciera que nuestros representantes políticos creen en que las cosas no existen sin no se las nombra. Será otro duro golpe para la credibilidad política el que, tras dos meses o más de haberse celebrado las elecciones y haber prometido cambios y mejoras, el nuevo y flamante presidente del Gobierno se vea obligado a reconocer lo que tan insensatamente olvidó: que gobierna sobre un país que renunció a su soberanía en pos de una quimera.

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