IU de Madrid y el nuevo movimiento político social

Alvaro_Aguilera“Depende de nosotras, la izquierda rupturista y organizada, que el resultado del actual ciclo sea una restauración del antiguo régimen remozado por rostros emergentes y políticas de vieja raigambre, o que caminemos hacia una suerte de segundo 15M sobre un programa político de ruptura, acompañado de una fuerte movilización social”.

Alvaro Aguilera, secretario general del PC de Madrid

Los sectores más conservadores de la antigua IUCM, vinculados al escándalo de Caja Madrid y las tarjetas opacas, ya no están con nosotras, y encaramos los retos venideros en circunstancias óptimas de contribuir, desde la modestia pero también desde el potencial que nos otorga todo nuestro capital político y militante, para disputar el poder político al bipartidismo en nuestra región. 

No obstante, el planteamiento que debemos llevar a esa Asamblea Constituyente debe partir necesariamente de una profunda autocrítica, al margen de resultados electorales y cuestiones internas, sobre aquello en lo que se ha convertido Izquierda Unida en los últimos años. La idea que impulsó el nacimiento de IU como un movimiento político y social de confluencia de todas las izquierdas rupturistas del Estado sigue estando vigente, pero lamentablemente la actual organización es más un partido político al uso que otra cosa, con estructuras burocráticas incapaces de dar cabida a los sectores populares que quieren organizarse en un instrumento de unidad que pueda advenir la ruptura con el régimen.

Los sucesivos intentos de relanzamiento y refundación de la izquierda que fueron impulsados por las posiciones más avanzadas de Izquierda Unida se vieron frustrados por diferentes motivos. A pesar de la implicación de nuestra militancia en los procesos surgidos, no se supo interpretar de forma adecuada por parte de nuestras direcciones el síntoma de fractura histórica que suponía el movimiento 15M, en un momento en el cual se requería de toda la determinación y audacia para entender que no había otra alternativa que la constitución de un bloque político y social que superase la lógica tradicional.

Nos faltó la generosidad necesaria para haber contribuido a la creación de espacios de unidad popular en todos los frentes (como sí se hiciera por ejemplo en las marchas de la dignidad)  que fueran capaces de recoger el descontento con las instituciones y las políticas del bipartidismo clásico. El tren pasó por nuestra puerta y en lugar de salir a las plazas y constituirnos en locomotora, nos dedicamos a mirar hacia nosotras, encerrarnos en identidades vacuas y en equilibrios de poder interno que poco o nada tenían que ver con los intereses de la mayoría social.

Entre tanto surgió Podemos (un espejo de la madrastra de Blancanieves para una organización que se había acomodado a ser el único referente a la izquierda del social-liberalismo) que, si bien es cierto que en un principio consiguió abanderar gran parte de las reivindicaciones que la mayoría social había reclamado en las calles, se convirtió rápidamente en un instrumento insuficiente, e incluso desmovilizador, para disputar la hegemonía al poder real.

Después de las elecciones europeas, las fuerzas políticas llamadas a entenderse (IU, Podemos y las organizaciones rupturistas de las nacionalidades del estado) iniciaron un culebrón que concluiría, exceptuando algunos municipios relevantes del estado, en una separación que relegaba la capacidad de multiplicar de la unidad a una suma insuficiente para el cambio.

La voluntad por lograr procesos de unidad electoral, como Ahora Madrid, fue la base de la ruptura de IUCM. Los resultados nos dieron la razón a las que entendíamos que la confluencia era la opción válida a pesar de las contradicciones y las dificultades de esos espacios (AM y el resto de confluencias no son perfectas ni de lejos). En paralelo a estos sucesos, los poderes del Estado, sabedores de su debilidad, iniciaban una restauración instituyente basada en el cambio de monarca, la implementación de leyes regresivas y la represión a los movimientos sociales y de trabajadores organizados.

Ese ciclo descrito, inaugurado por la huelga general de 2010 y el movimiento 15M, arriba en estos meses a su final. Depende de nosotras, la izquierda rupturista y organizada, que el resultado del mismo sea una restauración del antiguo régimen remozado por rostros emergentes y políticas de vieja raigambre, o que caminemos hacia una suerte de segundo 15M sobre un programa político de ruptura, acompañado de una fuerte movilización social.

Para lograr orientar la salida hacia este segundo objetivo, IU tal y como la conocemos no es suficiente. Tanto en Madrid como en el resto del estado debemos iniciar un proceso de superación del actual Izquierda Unida, que no de liquidación, que nos lleve a la constitución de un nuevo instrumento político de confluencia capaz de disputar los ayuntamientos, las comunidades y el Estado sobre un programa constituyente.

La Asamblea de Izquierda Unida de Madrid debe ser un primer paso en el camino hacia ese nuevo espacio. Debemos aprovecharla para hacer un llamamiento a la sociedad y a los sectores rupturistas en aras de conformar ese nuevo sujeto. Como miembro del Partido Comunista de España, no tengo ningún interés en que la nueva IU de Madrid se agote en sí misma, se convierta en un partido político mejorado. Mi instrumento para intervenir y transformar la realidad es el PCE. IU no es ni nunca debió ser eso, sino un lugar de encuentro entre diferentes tradiciones de la izquierda en torno a un programa político de transformación.

No se trata, pues, de refundar la vieja IUCM y mejorarla. No se trata únicamente de hacer una Izquierda Unida más asumible para su militancia, sino de poner todo su capital militante y político, lo mejor de su pasado y presente, al servicio de un proyecto que aspire a ganar, a devolverle el gobierno al pueblo e iniciar un proceso que culmine en un nuevo orden social, económico y político; en un nuevo país. Lo demás son zarandajas.

No podemos asumir que estamos llamadas a ser, como mucho, un 15% del electorado. Nuestra misión es otra: convertir los barrios en parlamentos, transformar de raíz el sistema, acabar con la desigualdad y la pobreza. Yo lo llamaría socialismo, cada cual que le ponga el nombre que quiera, pero de eso se trata.

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