Noche en pie, convergencias, horizontalidad

Entrevista al filósofo francés Frédéric Lordon, traducida por el Doctor en Filosofía ,Miguel Candel. 

images“La Constituyente es la consagración de un proceso revolucionario que ha de venir y que es en realidad la condición de posibilidad de aquélla. Pero entonces, ¿por qué lanzarse así a un horizonte cuasi irreal? Porque es una manera de introducir esos problemas en el programa del debate público. Es una manera de establecer firmemente en el espacio público que hay un problema con las instituciones de la desposesión, y que hay un problema con el imperio del capital sobre la sociedad (como la ley El Khomri tiene la virtud de hacernos ver más claramente que nunca). Es sin duda una larga marcha la que nos separa de la solución a esos dos problemas. ¡Razón de más para ponernos en marcha inmediatamente!”

 

Según usted, ¿qué puede haber decidido al gobierno a proponer semejante proyecto de reforma y qué podría simbolizar la ley El Khomri?

No hay más explicación que la ceguera ideológica más absoluta. Este gobierno llamado de izquierda hace en realidad, y en todos los ámbitos, la política más derechista de todos los gobiernos de la V República. Cuando se consideran las cosas con una cierta distancia, hay aquí un auténtico acontecimiento político a escala histórica del régimen. Las consecuencias no tardarán en manifestarse —como más tarde en las elecciones de 2017— y serán de gran envergadura. Estamos asistiendo a la liquidación histórica de la socialdemocracia francesa (lo que en el fondo es un alivio).

Pero ha hecho falta que ésta se desplace más a la derecha que cualquier otro gobierno para que dicha liquidación se produzca. En definitiva, es el fanatismo neoliberal del Partido Socialista lo que ha conducido a este gobierno a proponer esta ley, que ni siquiera un gobierno Sarkozy se habría atrevido a presentar. Lo cual indica el estado de descomposición intelectual y de extravío ideológico en que se encuentra este partido, que sólo tiene ya con la izquierda relaciones de inercia nominal. Pero además de la enfermedad ideológica, hace falta haber perdido por completo el contacto con el estado real de la sociedad e ignorar del todo el sufrimiento y la precariedad generalizados en que se encuentra el trabajo asalariado para tener la insensata idea de profundizar más aún en esa situación.

Tras la derrota de las movilizaciones contra la reforma sarkozyana de las pensiones, la calle vuelve por fin a rugir. ¿Qué relaciones, según usted, debería mantener «Noche en pie» (Nuit debout) con la movilización sindical contra la reforma del derecho laboral?

Relaciones mucho más estrechas que las que existen actualmente. No habrá transformación política de importancia sin un movimiento popular de masas. Ahora bien, un movimiento así ha de adoptar necesariamente, en parte, la forma de una huelga general. Y no hay huelga general sin la participación de las organizaciones de los asalariados. Tan simple como eso. Pero incluso sin tener certeza alguna (esto es una lítote) en cuanto al desencadenamiento efectivo de la huelga general ―y aunque hemos de hacer todo lo que podamos para aumentar su probabilidad―, es de una importancia estratégica lograr la conjunción entre diferentes fracciones de la izquierda que invisibles barreras sociológicas mantienen de ordinario separadas, especialmente la izquierda militante de los centros urbanos y la de la clase obrera sindicada. A pesar de todos los obstáculos, existe una base objetiva para esta convergencia: la condición salarial.

El acercamiento viene tanto más facilitado cuanto que el neoliberalismo maltrata desde hace tiempo de manera ciega y uniforme, incluso, por tanto, a su propia base social a priori, a saber, los estudiantes, futuros cuadros del capitalismo, pero condenados por éste a la precariedad y a formas cada vez más degradadas de inserción en el mundo del trabajo; y ello precisamente cuando esos estudiantes alimentaban ambiciones respecto a sus trayectorias académicas… para descubrir que se verán amargamente frustradas.

Están aquí todos los ingredientes para el reencuentro entre clases sociales a las que su heterogeneidad mantenía alejadas entre sí. Pero no puedo acabar esta respuesta sin mencionar la existencia de una comisión de «huelga general» en «Noche en pie», a la que debemos las primeras acciones concretas y, especialmente, el hecho de haber organizado una delegación de estudiantes en la estación Saint-Lazare para reunirse con los ferroviarios el martes 12 de abril. Tales acciones son absolutamente ejemplares, y mediante su multiplicación será como estaremos a la altura de nuestra propia consigna de convergencia de las luchas.

Muchos ven en «Noche en pie» un fenómeno generacional. ¿Por qué esta juventud, a la que por otra parte se suponía despolitizada, despliega su personalidad política fuera de los canales institucionales?

Personalmente soy bastante reticente a la idea de encerrar «Noche en pie» en la categoría de «fenómeno generacional». Frecuentemente, la reinterpretación como «generacional» de un fenómeno social es lo típico del comentario mediático. Y, reconozcamos las cosas con lucidez, ésa es una de las razones por las que el tratamiento mediático de «Noche en pie» no ha sido demasiado malo hasta ahora, gracias a que los periodistas responden, la mayoría de las veces sin darse cuenta, a relaciones de afinidad sociológica que están totalmente ausentes cuando se trata de movimientos sindicales clásicos, momento en que, de manera igualmente inconsciente, los medios de comunicación se entregan a un racismo social abierto.

En todo caso, el punto importante es éste: existe siempre el riesgo de que la reinterpretación funcione como un operador de despolitización: no es más que una «historia de jóvenes», es decir, una historia sin importancia que acabará cuando se hagan mayores (lo más rápidamente posible, es de esperar, y mientras tanto se está dispuesto a hacer gala de mansedumbre, a condición de que la cosa no vaya demasiado lejos). He ahí a dónde suele llevar el análisis «generacional»… Dicho esto, observo, aun desde mi punto de vista, que es parcial, como todos los puntos de vista, una efervescencia intelectual y política inédita en la juventud estudiantil e incluso ―lo que es un hecho extremadamente llamativo― en los estudiantes de secundaria. Recibo cada vez más contactos, peticiones, mensajes de estudiantes de secundaria y otros que atestiguan, puedo asegurárselo, una conciencia política crítica ya muy afilada. Es un fenómeno completamente nuevo. Los gobiernos que vengan dentro de diez o quince años tienen motivos para preocuparse: les esperan algunos serios problemas que están empezando a madurar ahora.

En su alocución del 31 de marzo apelaba usted al «deseo político que pone y que afirma». En plena crisis del Estado-nación y de la política, ¿cuál sería el sujeto de ese deseo y qué «objetos políticos» podría o debería hacer suyos? Y ¿qué respondería usted a todos aquellos que califican esa «afirmación», renovada todas las noches en la plaza de la República, de puramente «voluntarista»?

El sujeto de este deseo es inaprensible ex ante. El «nosotros» se construye en el proceso mismo de sus realizaciones. «Convergencia de las luchas» es una fórmula abreviada que expresa el deseo de ser lo más amplia posible; y si queremos mencionar más explícitamente los componentes: la juventud urbana reducida a la precariedad, las clases obreras sindicadas (y en realidad, más ampliamente, el mundo del trabajo), los barrios abandonados de la periferia. En cuanto a sus objetos, los elegirá el propio sujeto. Lo cierto, en todo caso, es que este movimiento no debe abandonarse a la admiración intransitiva de sí mismo y que, si su energía no se convierte en deseos determinados —en objetivos políticos explícitos—, resultará improductivo.

Conservar este sentido del objeto supone recordar permanentemente su necesidad en los debates para luchar contra la dispersión. Por mi parte, pienso en algo así como un movimiento «telescópico», en el que se diera una gradación de objetivos, que irían desde la (próxima) retirada de la ley El Khomri a la (lejana) redacción de la constitución de una república social, pasando por toda una serie de ideas «intermedias» que habría que imponer en el debate político, a imagen, por ejemplo, de la obligación impuesta a los bancos de desembarazarse de todas sus actividades especulativas, pero podríamos citar muchas otras iniciativas de este tipo.

¿Hay en todo esto un «voluntarismo de la afirmación»? Pero ¿qué política no procede así? Aun si, evidentemente, no puede contentarse con eso, la intervención política actúa esencialmente de manera performativa (creando las condiciones de su propio hacer). Decir «hay» es una manera de contribuir a hacer que exista la cosa de la que se dice que existe antes de que sea realmente así. Y ciertamente: ¡es un tipo de intervención que tiene todas las características de una apuesta! Sin embargo, aun cuando la apuesta se pierda, deja la semilla de algo que se irá desarrollando: una idea, la percepción de un problema, una exigencia, etc.

Sieyès, cuando la Revolución Francesa, enunciaba el principio de la democracia representativa: la voluntad popular sólo puede expresarse a través de los representantes del pueblo. Por su misma configuración, «Noche en pie» pone en entredicho este principio, y la democracia representativa es objeto de duras críticas en cada asamblea general. ¿Qué nuevas formas de decisión/legitimación/creación política cree usted que se vislumbran a través de «Noche en pie»?

Lo que voy a decir tiene sin duda todos los números para coger a contrapelo las inclinaciones espontáneas de «Noche en pie», pero qué se le va a hacer…. Creo que a escala macroscópica no hay política sin una forma u otra de institucionalización, e incluso de representación. A fin de cuentas, la AG de «Noche en pie» ni siquiera es conforme al modelo de horizontalidad pura que pretende aplicar. Por ejemplo, no hay AG sin reglas —regla del turno de palabras, del tiempo de intervención, de respeto al moderador, reglas gestuales en la manifestación de opiniones, etc.— y estas reglas tienen por definición un carácter institucional y vertical, pues se imponen a todos los participantes, poseen autoridad y todo el mundo las reconoce (conceptualmente, la verticalidad es eso).

Nos hallamos, pues, de entrada y a partir de esta escala, ante lo institucional y vertical, lo que demuestra claramente la inanidad de una consigna maximalista de horizontalidad pura, insostenible en la práctica. La verdadera cuestión no reside en absurdas antinomias como «instituciones vs nada de instituciones» u «horizontal vs vertical», sino en la manera en que utilizamos nuestras instituciones y logramos limitar la verticalidad que necesariamente producimos por el simple hecho de organizarnos colectivamente. Aunque se verticalice por su propio movimiento, «Noche en pie» puede, no obstante, mantenerse firmemente dentro de una configuración lo más cercana posible a sus ideales de horizontalidad y democracia directa.

Pero sólo puede hacerlo, sin duda, gracias a su tamaño y a la reducida escala a la que opera. Es preciso, por tanto, no disociar dos ideas que en realidad no tienen nada de contradictorias: por una parte, la configuración institucional de una colectividad de escala macroscópica, digamos nacional, no podrá ser un simple calco del modelo experimentado a escala de la plaza de la República; pero, inversamente, «Noche en pie» ilustra en sí misma principios genéricos que deben guiar la elaboración de una configuración institucional global: máxima subsidiaridad, es decir, la mayor delegación posible de autonomía a los niveles locales, desconfianza frente al potencial de cooptación que representa toda institucionalización, estrecho control de los representantes y portavoces —control que significa revocabilidad permanente (aunque reglamentada)—, organización de la escucha constante de los niveles organizativos inferiores por los superiores, especialmente para no dejar a los niveles superiores el monopolio de la iniciativa, lo que transformaría los niveles inferiores en simples cámaras de aprobación: las ideas deben circular en ambos sentidos y los niveles superiores deben inspirarse continuamente en los inferiores.

Ser capaz de extender «Noche en pie» a las clases populares del extrarradio le parece una condición necesaria para su éxito y su legitimidad. Y ¿qué hay de las clases populares de la «Francia periférica», considerablemente «lepenizadas»? ¿Cómo dirigirse a unos sin suscitar la reprobación de los otros? Y si no se encuentra un lenguaje común, ¿existiría el peligro de una especie de reacción popular a favor del statu quo «gaullista» como en 1968?

Es ésta una pregunta tan decisiva que resulta casi dolorosa… Cuando vemos las dificultades que plantea ya el simple intento de lograr que actúen de común acuerdo fracciones politizadas pero sociológicamente heterogéneas como la clase obrera sindicada y los medios militantes urbanos, se aprecia mejor las barreras que hay que salvar para establecer el contacto, por una parte, entre las poblaciones de los barrios y, de otro lado, lo que usted llama la «Francia periférica» (ni siquiera tengo necesidad de insistir en todo lo que separa a esas dos poblaciones…).

No hay necesidad de contar historias: la irrupción de un acontecimiento como «Noche en pie» no tiene por sí misma ningún poder para recomponer el humus social lo bastante a fondo como para producir una modificación masiva como sería la «deslepenización». Eso es tarea de la militancia local, perseverante, casi siempre invisible, que parte a la reconquista de la gente individuo a individuo, o casi. A lo que, no obstante, sí puede contribuir un movimiento como «Noche en pie» es a situar de nuevo en el paisaje político general una verdadera propuesta de izquierda que, si se extiende, podrá llegar a aparecer como una alternativa digna de tenerse en cuenta por todos aquellos para quienes el Frente Nacional se ha convertido en la única imagen de la alternativa. No hace falta que diga que se trata de un trabajo a largo plazo…

«Noche en pie» marca, supuestamente, el ocaso del reduccionismo reivindicativo de las luchas y sobrepasa las ambiciones de la movilización sindical contra la ley El Khomri. Usted proclama la defunción del actual orden político francés y aboga por una república social. ¿Está el rey desnudo por fin? ¿«Noche en pie» asamblea constituyente? Y ¿qué disposiciones habría que adoptar dentro del movimiento para que pueda convertirse efectivamente en una asamblea así?

La fórmula «no reivindicamos nada» exige que se la entienda bien (yo me he dado cuenta post festum de que había dado lugar a toda una serie de malentendidos, especialmente por el lado sindical, del que parecía atacar frontalmente la gramática misma de la acción, que es fundamentalmente reivindicativa. Es del todo evidente que no se trata en absoluto de declarar caducas las luchas reivindicativas allá donde se producen (lo que estaría fuera de lugar y resultaría bastante grotesco). Pero se trata de llamar la atención sobre el hecho de que las reivindicaciones, constitutivamente, se expresan en un marco que, como tal, no se cuestiona… a pesar de que dicho marco define las condiciones de posibilidad (o imposibilidad) de ciertas reivindicaciones.

El éxito de una reivindicación de aumento del salario mínimo, por ejemplo, se hace altamente improbable si se olvida impugnar al mismo tiempo las estructuras de la mundialización neoliberal —el poder del accionariado, el librecambio sin freno, las deslocalizaciones— que imponen objetivamente toda suerte de limitaciones al aumento salarial. Pedir «un reparto diferente de la riqueza» es inútil si uno no se interesa por las estructuras que determinan dicho reparto. El célebre lema TINA (There Is No Alternative) ¡seguirá siendo verdad mientras no centremos nuestra atención en el conjunto de las estructuras neoliberales que lo hacen verdadero! Y fuera de él deja inmediatamente de serlo. Para sustituir TINA por TIAA (There Is An Alternative!) es preciso recrear las condiciones de posibilidad estructurales, es decir, rehacer el marco. Rehacer el marco es distinto de reivindicar. Es iniciar un proceso altamente político de reconstrucción institucional, en el sentido amplio de la palabra «instituciones».

Dicho proceso adquiere un alcance mayor todavía cuando se eleva a un nivel constituyente, en nuestro caso, el «metamarco». ¡Es evidente que no hay nadie a quien presentar la «reivindicación» de una Constituyente! Es el pueblo mismo quien hace suyo ese deseo, quien lo afirma y lo impone. Ahora hay que precisar el estatuto de un llamamiento a una Constituyente, que admite dos interpretaciones diferentes. La primera tiene que ver, una vez más, con el registro performativo de la intervención política. Llamar a una Constituyente es una manera de plantear problemas, dos en particular:

  • Consideramos que el sistema institucional actual, el de la V República, está agotado, que ninguna transformación significativa del marco puede darse dentro de él y que debe ser rehecho por completo, para democratizarlo de nuevo y para hacer posibles nuevamente diferencias políticas significativas, pues eso es en definitiva la democracia: la posibilidad perennemente abierta de actuar de otra manera.
  • Una Constituyente se impone igualmente no como un juego jurídico formal en el aire, sino como el medio de dar la forma jurídica más elevada a los principios fundamentales de un modelo de sociedad: así como las sucesivas constituciones republicanas francesas tenían por finalidad real santificar el derecho de propiedad que da base al capitalismo, parece claro que el proyecto de acabar con el imperio del capital sobre la sociedad sólo puede pasar por la destitución del derecho de propiedad y la institución de la propiedad de uso (cuando hablo aquí de propiedad, sólo me refiero, obviamente, a los medios de producción y no a las posesiones personales). Sólo un texto del alcance jurídico último que posee la constitución puede operar este cambio que con toda propiedad hay que llamar revolucionario.

Y de ahí se desprende la segunda lectura del llamamiento a una Constituyente, una lectura histórica y estratégica: en efecto, es preciso ver todo lo que nos aleja en realidad de un proceso constituyente, ¡cuánto más de uno que desembocara en una república social tal como la entiendo, a saber, liberada del derecho de propiedad (en el sentido indicado hace un momento)!

En esta segunda lectura, positiva, la Constituyente es la consagración de un proceso revolucionario que ha de venir y que es en realidad la condición de posibilidad de aquélla. Pero entonces, ¿por qué lanzarse así a un horizonte cuasi irreal? Porque es una manera de introducir esos problemas en el programa del debate público. Es una manera de establecer firmemente en el espacio público que hay un problema con las instituciones de la desposesión, y que hay un problema con el imperio del capital sobre la sociedad (como la ley El Khomri tiene la virtud de hacernos ver más claramente que nunca). Es sin duda una larga marcha la que nos separa de la solución a esos dos problemas. ¡Razón de más para ponernos en marcha inmediatamente!

[Pregunta inevitable en un diario ibérico] Las elecciones de 2017 se acercan. Más allá del hecho de que el paisaje político a la izquierda del PS no parece prestarse a la creación de un nuevo partido, usted afirma que plantearse un Podemos a la francesa sería una equivocación. ¿Por qué?

La Constituyente es también una respuesta a esa pregunta. Creo que tenemos que salir de lo que yo llamaré la antinomia Occupy Wall Street (OWS) / 15M-Podemos. Por un lado, OWS, movimiento que, desgraciadamente, ha demostrado su improductividad política directa (dicho sea esto sin desconocer todos los efectos subterráneos de Occupy, a los que se debe sin duda la posibilidad hoy de un Bernie Sanders). Por otro lado el 15M, que sólo ha llegado a ser productivo prolongándose bajo la forma de Podemos…

Es decir, bajo una forma que traicionaba radicalmente el espíritu de los orígenes: un partido clásico, con un líder clásico, clásicamente obsesionado por la competición electoral y decidido a jugar el juego de la manera más clásica del mundo: en las instituciones tal como son y sin mostrar la menor veleidad de transformarlas. El llamamiento a una Constituyente es una manera de salir de esta contradicción entre la improductividad y el retorno a la cuadra electoral. Es preciso que el movimiento produzca «algo», pero ese «algo» no puede confiarse al funcionamiento de las instituciones existentes. Conclusión: el «algo» puede consistir precisamente en la transformación de las instituciones.

Entrevista con Xavi Espinet, para el periódico barcelonés El Crític, realizada el 16 de abril, publicada el 23 de abril.

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