América Latina : Los límites del populismo de izquierda

13260011_10101533458339359_1481383210597065520_n¿ Qué pasó con las“mareas rosa”?

 Kyla Sankey, Doctora en Geografía Humana, Universidad Toronto, Canadá (https://www.jacobinmag.com/)

Cuando las “mareas rosas” ganaron las elecciones en América Latina – cuyo sustento fueron las protestas anti-neoliberales de finales de 1990 y principios de 2000- la reacción de la gente de izquierda fue , lógicamente , entusiasta. Se trataba de ir más allá del mantra “no hay alternativa” , así que muchos depositaron sus esperanzas en lo que parecía ser una nueva ola alternativa al neo-liberalismo realmente existente.

En medio del fervor revolucionario de los foros sociales, las alianzas de solidaridad, y los consejos populares, parecía que un cambio de época estaba en marcha, lo que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, denominó optimismo “un verdadero cambio de los tiempos.”

Pero en retrospectiva, las movilizaciones políticas del 2005 que llevaron a la derrota del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) pueden haber sido el punto culminante del proyecto de “las mareas rosa”. Desde entonces, el equilibrio de poder se ha desplazado lentamente hacia la derecha, con la popularidad y la eficacia de los gobiernos de izquierda disminuyendo rápidamente.

Desde el año 2012, el declive económico ha generado una inestabilidad política en toda la región. En Venezuela , el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), sufrió una gran derrota en las últimas elecciones a la Asamblea Nacional, que pone en duda el futuro del gobierno. El Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia recibirá un fuerte golpe sí pierde el próximo referéndum, que si es aprobado limitará al gobierno del presidente izquierdista Evo Morales.

Sin embargo, las mayores derrotas han llegado en las dos mayores economías de “las mareas rosa”. La elección de Mauricio Macri en Argentina simboliza la primera derrotado, en una elección presidencial , de un gobierno de coalición progresista en Latinoamérica , mientras en Brasil la oposición ha logrado lo que no pudo en el proceso electoral, con un eficaz golpe de Estado contra el presidente, Dilma Rousseff, orquestada por el poder judicial y miembros del Congreso.

No hay duda que Estados Unidos está maniobrando para tomar ventaja de la actual crisis. En contraste con las décadas de 1970 y 1980, sus esfuerzos actuales para reforzar su dominio en la región no son principalmente a través de golpes militares (con la excepción de Honduras y Paraguay), pero sí son los llamados “golpes suaves”.

Las estrategias de sabotaje y la escasez económica, junto prolongadas campañas de propaganda en los medios de comunicación y en las redes sociales están generando un clima de miedo, inestabilidad y desesperación . Todo esto allana el camino para que la derecha propine el golpe final a través de mecanismos tanto institucionales como judiciales, y en el caso de Venezuela con un referéndum revocatorio que frene en seco la presidencia de Nicolás Maduro .

Sin embargo, es insuficiente invocar al imperialismo para explicar la crisis de la izquierda latinoamericana. Anteriormente, cuando las fuerzas de oposición habían tratado de derrocar a los gobiernos de izquierda a través de golpes de Estado en Venezuela en 2002, Bolivia en 2008, y Ecuador en 2010, el apoyo popular para estos gobiernos fue suficiente para resistir la presión de la derecha. Esto a pesar de sabotaje económico y la fuerte oposición de los medios de comunicación. Por el contrario, hoy en día, estos gobiernos tienen defensas mucho más débiles frente a los ataques de la derecha.

Para entender la crisis actual, la izquierda también debe mirar hacia adentro. La crisis política y económica actual es también producto de las limitaciones y contradicciones estructurales inherentes al proyecto de las “mareas rosa”, que cada vez más ha descolorido sus objetivos radicales.

El desafío al neoliberalismo

Los gobiernos de izquierda que componen las “mareas rosa” – incluyendo a Venezuela, Bolivia, Ecuador, y en un grado menos radical a Brasil y Argentina – lograron sus primeras victorias electorales como parte del descontento popular generalizado por los efectos del neoliberalismo. En consecuencia, el objetivo principal de su proyecto era anti-imperialista y anti-neoliberal.

En respuesta a las movilizaciones populares masivas, estos gobiernos suavizaron los padecimientos más duros impuestos por el neoliberalismo, revirtieron las privatizaciones, promovieron el crecimiento basado de la producción en lugar de la especulación, recuperaron el papel del Estado en la redistribución de la riqueza, y ampliaron los servicios públicos, especialmente en salud, alimentos y educación.

El objetivo inicial era construir un bloque hegemónico alternativo capaz de romper con la hegemonía de Estados Unidos y el orden mundial neoliberal. Los objetivos comunes de formas alternativas de industrialización, comercio, finanzas y comunicaciones fueron acompañados por esfuerzos importantes hacia la integración a través de iniciativas como la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe (CELAC). La más interesante de estos proyectos fue la iniciativa venezolana, Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), que buscaba formas alternativas de cooperación basado en los principios de complementariedad y solidaridad.

No hay duda que los programas sociales de los gobiernos de las “mareas rosa” trajeron beneficios significativos para la gente pobre y trabajadora. Muchos por primera vez tuvieron acceso a bienes básicos, como vivienda, educación superior y el cuidado de la salud.

Con la posible excepción de Venezuela, las reformas de los gobiernos progresistas sólo estaban diseñados para hacer frente a la hegemonía de Estados Unidos y mitigar los efectos del neoliberalismo. Ellos hicieron poco para desafiar las estructuras más fundamentales del capitalismo en estos países. El principal objetivo era nacionalizar activos extranjeros, mientras, en su mayoría, se dejaban intactas las estructuras de poder dentro de los países de América Latina .

Los programas sociales buscaban ayudar a los pobres, pero se abstuvieron de poner en peligro a los ricos. No hubo reforma agraria significativa, y los principales recursos como la minería , la agroindustria, las finanzas y los medios de comunicación se mantuvieron en manos de un pequeño sector de las élites, que continuaron beneficiándose bajo estos gobiernos progresistas. Como resultado, el proyecto fue socavado cada vez más por sus propias contradicciones.

Neo-desarrollismo

La característica definitoria de la estrategia económica de las “mareas rosa” fue el neo-desarrollismo. Esta fue una versión actualizada del modelo de industrialización por sustitución de las importaciones promovido por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe ( CEPAL ) en la posguerra; diseñado para ayudar a los países latinoamericanos a romper con la dependencia Norte-Sur y recuperar la soberanía nacional.

Brasil, Argentina y Ecuador intentaron reducir la dependencia del capital extranjero mediante la promoción de un empresariado local y la creación de alianzas con las “burguesías nacionales”. Sin embargo, los subsidios a los propietarios de negocios no lograron promover la inversión de forma que pudieran sostener los objetivos del desarrollo nacional o la diversificación económica. En definitiva los países de las “mareas rosa” persistieron con los desequilibrios económicos estructurales, lo que les obligó a depender aún más de la exportación de materias primas para impulsar el crecimiento económico y financiar programas de bienestar social.

De hecho, la creciente dependencia de la extracción de recursos naturales ha sido el aspecto más problemático de las estrategias de desarrollo de las “mareas rosa”. Aunque el modelo extractivista fue defendido por los gobiernos como una “etapa” necesaria del desarrollo para avanzar hacia una economía más avanzada, de hecho, ha ocurrido lo contrario.

La “re-primarización” de las economías ha restringido más su base productiva encerrándola en el camino de la dependencia de las exportaciones de materias primas. A pesar de los intentos de poner en práctica estrategias neo-desarrollistas para la canalizar las rentas agro-minerales hacia actividades productivas alternativas, estos proyectos nunca despegaron del suelo.

El cambio más significativo geo-económico asociado a una estrategia de crecimiento primario -impulsado por las exportaciones- ha sido el aumento de los lazos con China. Sin embargo estos nuevos vínculos comerciales no han sido capaz de proporcionar la base para la soberanía regional ni romper la lógica de la dependencia. Por el contrario, el comercio con China ha generado nuevas formas de subordinación, lo que se refuerza con un crecimiento impulsado por las exportaciones de productos primarios, con muy poca transferencia de tecnología.

Pero quizás el mayor problema del modelo extractivista es su asociación con una concentración muy poco democrático del poder y los recursos, que se caracteriza por el desempleo estructural, por un lado, y por incrementar la riqueza en manos de un pequeño estrato de inversores y de empresas multinacionales en el otro.

El modelo de crecimiento extractivista, de hecho, ha impedido la posibilidad de cualquier cambio progresista; aún más a fomentado una penetración más profunda de capital extranjero en los territorios de América Latina.

Los críticos describen este modelo como “capitalismo depredador”, porque los costes del crecimiento económico se apodera de los recursos naturales de comunidades rurales, campesinos y pueblos indígenas; despojando y precipitando el desastre ecológico. Esto ha generado un nuevo ciclo de luchas territoriales contra los proyectos extractivos .

Como resultado, a pesar de los avances significativos en el bienestar social, los gobiernos de las “mareas rosa” no han sido capaces de superar las tensiones inherentes a este modelo de crecimiento. Esto a pesar que han dado un golpe al “nuevo orden mundial”, representada por el imperialismo estadounidense y la globalización neoliberal mediante el bloqueo de los acuerdos de libre comercio y la interrupción de las privatizaciones.

Pero al final, los gobiernos de las “mareas rosa” nunca se plantearon trascender el capitalismo como tal. En su lugar, acomodados, profundizaron la dependencia del capital global.

Lo que es peor, la vulnerabilidad del extractivismo aumento los ciclos de auge y caída. La caída de los precios de las materias primas – como resultado de la disminución del crecimiento en China, la reducción de la demanda de agro-combustibles, con el desarrollo del esquisto como sustituto del petróleo – ha sido devastador para estas economías, conduciendo a tasas reducidas o negativas de crecimiento, la devaluación de la moneda, y la disminución de los recursos fiscales.

La región se enfrenta ahora a su cuarto año de declive económico. Mientras tanto, se ha logrado muy pocos objetivos comerciales y de industrialización alternativa, lo que agrava el estancamiento económico.

Una Transformación Socavada

No hay duda de que el modelo extractivista proporcionó a los gobiernos progresistas rentas necesarias para poner en práctica significativos programas de bienestar. Pero, sin la compañía de un proyecto más radical para la transformación estructural, estos programas sociales han sido sólo una solución temporal; los mecanismos sistémicos que reproducen la desigualdad y la exclusión social se han dejado intactos.

La ausencia de un proyecto más amplio para la transformación de la conciencia social ha limitado la eficacia de los programas sociales. En Argentina, los planes de emergencia de alimentos y los comedores populares se han creado para proporcionar apoyo a la vida de los sectores más empobrecidos de la población durante la crisis económica. Pero, fueron incapaces de hacer frente a las causas estructurales de la pobreza en el largo plazo. Después de la emergencia inicial, estos programas nunca fueron reemplazados por esfuerzos para organizar medios de vida alternativos para las personas más allá del molde del consumo individual.

Vaciada de su potencial radical, los programas de asistencia social se convirtieron en mecanismos de cooptación de organizaciones sociales y sectores populares. En el régimen de los Kirchner el desempleo fue utilizado como una herramienta para dividir y conquistar al movimiento piquetero. Activistas “leales” fueron recompensados con posiciones y recursos oficiales, mientras que se aislaron a los más críticos. El resultado de estas prácticas clientelistas fue despolitización, desmovilización y deslegitimación del movimiento.

En Brasil, el ascenso al poder de los Partido de los Trabajadores (PT), se asoció con la disolución en vez de una activación de las fuerzas sociales de izquierdas. La relación del PT con los movimientos se define, principalmente, por el nombramiento de líderes sindicales, organizaciones sociales y ONG en cargos de la administración pública. Esto significó que los activistas abandonaron las filas populares para formar parte de la élite, lo que resultó , nuevamente, en una pérdida de legitimidad popular. La izquierda desorientada se desactivo y hoy es incapaz de articular una postura política independiente.

En general, los programas sociales no se acompañaron de nuevas formas de educación popular, movilización, unificación y formación política. El papel de los pobres era actuar como beneficiarios pasivos de los programas sociales y no como sujetos políticos radicales. Ellos fueron insertados en la “sociedad de consumo”, pero no eran parte de un proyecto que pretenda impugnar esa forma de sociedad o transformar la conciencia social. Esto ha frustrado la posibilidad de construir sociedades post-capitalistas.

Como resultado, el horizonte político del “proyecto marea rosa” se limitó a un aumento temporal de la capacidad de consumo de los pobres y trabajadores. Si bien esto fue más evidente en Brasil y Argentina, una dinámica similar también se desarrolló en los proyectos más radicales de Bolivia, Ecuador y Venezuela.

La caída de los precios de los productos básicos ha dejado al descubierto estas contradicciones en el “proyecto marea rosa”. Los gobiernos ya no son capaces de cumplir su doble papel ; facilitadores de mayores ganancias del capital y benefactores de los pobres. Ante la falta de una visión estratégica más radical para enfrentar el capitalismo a través de la movilización popular, los gobiernos se han inclinado hacia la derecha con la aplicación de reformas pro-mercado en respuesta al estancamiento económico.

En Brasil, Rousseff decidió recortar las políticas sociales y nombró a un liberal ministro de Finanzas . En Ecuador, Correa redujo los programas sociales con el objetivo de aumentar los ingresos fiscales pero finalmente se vio obligado a aumentar las deudas públicas y las exportaciones, con premios a las concesiones petroleras de las grandes corporaciones. Mientras tanto, estas políticas de mercado y las alianzas estratégicas con los sectores de la élite han causado confusión entre su base popular.

 Tensiones crecientes

El limitado horizonte político del “proyecto marea rosa” fomenta tensiones entre los gobiernos y los movimientos sociales. Los gobiernos fueron incapaces de establecer relaciones con los movimientos que permitieron a estos últimos mantener su autonomía, mientras tanto, cuando empezaron las protestas, campeo la ausencia de autocrítica y un diálogo constructivo.

Las transformaciones sociales propuestas de Bolivia y Ecuador se han vaciado de su contenido radical. En Ecuador, las movilizaciones populares y asambleas constituyentes alcanzaron un punto culminante en 2008, cuando los derechos de la naturaleza fueron reconocidos en la Constitución del Buen Vivir – “vivir bien”; una visión alternativa de desarrollo basado en las cosmovisiones de los grupos étnicos y los principios de la ecología – fue incorporado en el plan nacional de desarrollo.

Pero en la práctica, estos objetivos fueron siempre subordinadas a una estrategia de crecimiento neo-desarrollista, como se demostró el año pasado cuando Correa abandonó la iniciativa Yasuní Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT) de mantener el petróleo bajo tierra a favor de la apertura de las operaciones de perforación del petróleo en el parque Nacional Yasuní.

El modelo de crecimiento extractivista de Ecuador ha aumentado las tensiones entre el gobierno de Correa, y las organizaciones populares de campesinos, indígenas y los movimientos ambientalistas. Estos movimientos han organizados marchas y peticiones contra el gobierno por su política de expansión de la agroindustria y la minería, así como la criminalización de la protesta social.

La hostilidad del gobierno a estas protestas terminó proporcionando una grieta para la derecha, que ha tenido la oportunidad de movilizarse contra el aumento de los impuestos con el objetivo final de restaurar el gobierno conservador.

Del mismo modo, en la Bolivia del MAS, la apelación a la “plurinacionalidad” y la “pluriculturalidad” , que hace hincapié en cuestiones de la identidad y en los valores de los pueblos indígenas, principalmente a través de su reconocimiento legal, no presta suficiente atención a los conflictos materiales de estas comunidades dentro de una estrategia de desarrollo nacional.

El modelo de capitalismo “andino-amazónico” reconoce la coexistencia de diversos modos económicos-culturales dentro de la sociedad boliviana: la ayllus , la familia, el sector informal, las pequeñas empresas, así como el capital nacional y transnacional. Pero, de nuevo, la experiencia práctica de conflicto entre estos sectores y los proyectos de infraestructura y minería brotan para mostrar el predominio de los dos últimos.

Cuando la propuesta de una carretera para el Parque Nacional Isidoro Secure y el Territorio Indígena (TIPNIS) fue impuesto , pese a las protestas populares, el gobierno de Bolivia fue acusado de intimidar, dividir y penalizar a las organizaciones indígenas. Los movimientos sociales se han debilitado por las divisiones y sufren una pérdida de autonomía y la militancia. En este contexto, el proyecto “marea rosa” no se arriesga a convertirse en un proyecto de activación radical de las fuerzas sociales pero puede sucumbir a las exigencias de acumulación de capital.

También estos gobiernos se centraron en la agenda económica y la administración de un Estado tecnocrático perdiendo su relación con los sectores sociales autónomos. Las protestas masivas contra el PT en Brasil en 2013 comenzó como demandas de izquierda en relación con el transporte público, sin embargo, la indiferencia del partido a estas demandas populares abrió las puertas para que los medios de derecha y las clases medias altas aprovecharan la oportunidad de movilizar el descontento, que finalmente se convirtió en una fuerza importante para la caída del gobierno de Dilma en 2016.

Se ha hecho evidente que las movilizaciones sociales que inicialmente llevaron a las “mareas rosa” al poder han tenido poca continuidad. Esto en parte es porque carecían de un proyecto a largo plazo para convertirse en una fuerza auto-sostenible; también porque fueron socavados por las agendas de sus gobiernos. Incluso aunque el activismo no ha desaparecido por completo, no es menos cierto que las fuerzas de la izquierda están muy lejos de la construcción de un proyecto claro de construcción de una fuerza hegemónica alternativa.

El resultado es que las fuerzas sociales de la izquierda no estaban preparados para la actual crisis económica. Mientras que los gobiernos hicieron alianzas con la derecho y adoptaron políticas pro-mercado, las fuerzas populares carecieron de capacidad para comprender lo que estaba ocurriendo y movilizar , por tanto, una alternativa popular.

A falta de una estrategia para impulsar una salida radical de la crisis, tanto en los movimientos de Brasil y Ecuador que critican a sus gobiernos han detenido la movilización por miedo a la derecha.

Lo que estas experiencias ponen de manifiesto que es un proyecto de transformación social no puede limitarse a una mayor redistribución sin confrontar también seriamente las estructuras de poder más profundas y la construcción de una base popular radical. No es que un mayor acceso a bienes básicos como la educación y la salud no son importantes, pero su eficacia no altera fundamentalmente la reproducción de las desigualdades de clase y de poder.

Es necesario estimular la movilización, educación y formación política para un proyecto transformador a más largo plazo. No es suficiente derrotar al neoliberalismo s también hay que tener una estrategia de transición hacia una sociedad post-capitalista.

El ejemplo de Venezuela

Venezuela es el único país que intenta ir más allá del proyecto post-neoliberal, allanando el camino hacia una sociedad post-capitalista. Tras el intento de golpe de estado y el paro petrolero de 2002, Hugo Chávez se dio cuenta de que su agenda social sólo podría avanzar con una dirección más radical sobre la base de la participación popular. La visión de Chávez de un “socialismo del siglo XXI” trató de construir un Estado comunal acompañada de un activismo revolucionario y el protagonismo popular.

En Venezuela las “Misiones Bolivarianas” son un conjunto de programas sociales que abordan una serie de cuestiones como reducción de la pobreza, alimentación, vivienda, educación, salud y atención a los derechos indígenas. Pero más importante que la redistribución material, en Venezuela, ha sido el intento de transformar la cultura política popular, con un aumento de la organización de base, la conciencia de clase, y la movilización popular.

Las Misiones Bolivarianas han ido acompañadas de nuevos mecanismos para la participación política. Los consejos comunales han dado poder a las personas para tomar decisiones sobre una variedad de temas en su vida cotidiana, desde la salud hasta el agua y el transporte. No hay duda que los elementos de estos procesos demuestran un radicalismo que los diferencia del resto de las “mareas rosa”, la activación de las fuerzas populares fuera de la burocracia estatal y la transformación de la conciencia social.

Sin embargo, las limitaciones del proyecto Venezolano por el socialismo todavía se encuentran con contracciones estructurales. A lo largo del proceso venezolano sigue existiendo una gran contradicción entre la expansión del protagonismo popular y el fracaso para acompañar estos procesos con una propiedad productiva totalmente socializado.

La nacionalización del petróleo y otras industrias representa un paso importante en la ruptura con el capitalismo y con la construcción de una economía bajo control social. Sin embargo, estos proyectos se llevaron a cabo a menudo como una respuesta inmediata a los conflictos y no eran parte de un plan estratégico más amplio para la transformación de la sociedad.

Además, el proyecto siempre estuvo limitada por su incapacidad para escapar el modelo extractivista que, como se describió anteriormente, es inherentemente no democrático. A pesar de los importantes intentos para canalizar los fondos del petróleo para diversificar la economía a través de un sistema de cooperativas, éstas carecían de la capacidad para convertirse en unidades económicas auto-sostenibles independientemente de los subsidios del gobierno.

La dependencia de las importaciones objeto de subvenciones para alimentos y otros bienes básicos ha dejado intacto el modelo rentista de arriba hacia abajo. Sin diversificación económica, el empresariado local permaneció dedicado únicamente a las importaciones en lugar de la industria productiva.

Esto ha limitado la participación popular real. A pesar de un aumento significativo en el protagonismo popular, el hecho de que estas nuevas formas de organización no tenían ningún fundamento en las relaciones productivas de la sociedad significaba que eran insostenibles. En Venezuela la transformación social se ha limitado principalmente a la esfera política, y no ha tenido lugar a nivel local, con un fundamento en la base productiva de la economía.

Esto significa que todavía las decisiones de arriba hacia abajo realizados por el Estado y por el mercado mundial a la larga afecta los medios de vida de las personas. En Venezuela este modelo de arriba hacia abajo ha sido acompañado por una extensa corrupción de los burócratas del estado que la movilización popular han podido superar.

Estas contradicciones subyacentes han saltado al tapete con la actual crisis económica. Cuando los precios del petróleo se desplomaron se llevaron con ellos el acceso a los alimentos y las medicinas para los sectores más pobres de la sociedad. Incluso si las historias de terror y fracaso del socialismo – presentadas por los medios de comunicación – son exageraciones políticas interesadas , lamentablemente el proyecto venezolano ha demostrado ser insostenible.

Aunque Maduro, al igual que sus homólogos, se ha vuelto desesperadamente a las empresas mineras canadienses para compensar el déficit de dólares, la esperanza de Venezuela sigue radicando en la potenciación de las clases populares, que se han movilizado en iniciativas solidarias de abajo hacia arriba, como las redes comunales para la producción y consumo de bienes básicos para hacer frente a la crisis.

El neoliberalismo de izquierda

La experiencia de los gobiernos de izquierda en el poder es representativa de los problemas de tratar de “humanizar” el capitalismo, o construir un capitalismo “andino-amazónico” sin ir más allá de esa frontera. A pesar de contar poderosas plataformas anti-neoliberales , con la excepción de Venezuela , ningún gobierno “progresista” dio pasos hacia una ruptura completa con el orden anterior.

En lugar de ello, el resultado es lo que algunos han descrito como “neoliberalismo de izquierda”, porque los nuevos gobiernos que continúan administrando una sociedad post-neoliberal, no han sido capaces de superar el capitalismo.

Hasta el momento, no han tenido éxito, ni en la prevención de las contradicciones del del capitalismo global desde irrupción de crisis, ni en la preparación de las masas para organizar y proponer sus propias soluciones de cara al futuro. Esto , necesariamente, debe cambiar si estos gobiernos quieren conservar su posición en el poder.

De cara a la crisis, la gente quiere un cambio. El Vicepresidente de Bolivia , Álvaro García Linera, ha señalado que la derecha no tiene ninguna propuesta alternativa. Las políticas neoliberales que proponen se asemejan a las implementadas en los años 1980 y 1990, que inicialmente causaron la devastación económica y la protesta popular. Sin embargo, tras más de una década en el poder, los gobiernos de las “mareas rosa” parecen incapaces de ir más allá de un punto muerto y proporcionar una alternativa a los problemas económicos que enfrentan sus pueblos.

En lugar de implementar políticas pro-mercado y forjar pactos con sectores de la élite, la clave está en presionar por una solución a la crisis mediante el aumento de protagonismo popular a través de la movilización, la unidad y la educación. En esta crisis, los sectores populares deben estar preparados para construir otro tipo de sociedad.

Esto no solo implica fortalecer la conciencia política y la organización colectiva para proteger los logros sociales realizados bajo los gobiernos progresistas, sino que también proporcionar un mayor espacio para el activismo social – limitando la expansión del capitalismo – y construyendo una economía social y ecológica más allá del capitalismo extractivista.

Esto no puede lograrse simplemente con la auto-actividad espontánea, pero tampoco pueden provenir de decisiones tecnocráticas desde arriba. Los partidos políticos deben abrirse a la auto-crítica y al debate con los movimientos populares sobre el modelo de sociedad- ecológica y económica- que la gente necesita. La tarea principal es caminar lejos del extractivismo hacia una economía socializada que sea ecológicamente sostenible.

Un ejemplo importante de una alternativa de izquierda está emergiendo de los movimientos sociales de todo el continente. El objetivo de estos movimientos del ALBA es la construcción de una red continental de movimientos sociales con el fin de movilizar, unificar y educar a diversos sectores del movimiento popular en torno a un proyecto común, de los campesinos, los indígenas, las comunidades africanas, los estudiantes, los trabajadores, y las cooperativas.

La respuesta de los movimientos del ALBA -en la actual coyuntura- es avanzar hacia “la creación de una propuesta alternativa basada en el poder popular”, que “busque una solución [a la crisis], de acuerdo con los intereses de las organizaciones populares. Esto implica la construcción de una alternativa, económica post-capitalista que debe ser “socialista, ecológica, comunitaria, feminista y auto-sostenible.”

En una fase de un modelo agotado, procesos como el ALBA pueden ser fundamentales para la construcción de “sujetos políticos” capaces de actuar como fuerzas de un necesario cambio radical. Los gobiernos de las “mareas rosa” pueden haber fallado para domesticar el capitalismo, pero como lo imaginó el periodista y activista peruano, José Carlos Mariátegui, “un socialismo para nuestra América” sigue siendo un proyecto por el cual vale la pena luchar .

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