Las críticas neoliberales al neoliberalismo

imagesJosé Puello-Socarrás,  Docente de la Escuela Superior de Administración Pública 

“Las prácticas discursivas hegemónicas desde posiciones consideradas “dogmáticas” y “fundamentalistas” de mercado hacia otras perspectivas neoliberales en las cuales el mercado es fundamental, recientemente han sido denominadas de varias maneras: neo- liberalismo regulado o nuevo neoliberalismo”

 

La herejía es indispensable para comprobar la salud del dogma. José Carlos Mariátegui 

1. Neoliberalismo… ¿sobrevendido?  Preliminares

La última edición de la revista oficial del Fondo Monetario Internacional (FMI): Finance & Development (Junio 2016), incluye un artículo, titulado suspicazmente: “Neoliberalism: oversold?” (traducido al español como: Neoliberalismo… un espejismo?). Ostry, Loungani y Furceri (2016), tres economistas pertenecientes a ese organismo, reconocen algunos secretos a voces que estratégicamente han sido omitidos por la ideología dominante.

Por ejemplo, la emergencia de la agenda neoliberal, la cual varios analistas han venido ubicando alrededor de la década de 1980s asociada a los gobiernos conservadores de Reagan y Thatcher había evitado vincular al neoliberalismo ab origine con el “milagro chileno”. A su manera, estos autores desmienten la pretendida epifanía planteada en su oportunidad por Milton Friedman.

Esta primera alusión resulta importante puesto que si bien no se reconoce explícitamente, permite seguir subrayando que la plataforma neoliberal irrumpió tempranamente en América Latina a través de los golpes de Estado, empezando por el asestado al gobierno socialista democráticamente elegido de Salvador Allende, y la dictadura cívico-militar que impuso Pinochet en el marco del Plan Cóndor auspiciado por los Estados Unidos, según lo han ratificado los documentos desclasificados por este mismo gobierno. Este “modelo” después de haber sido decretado manu militari en la región, fue imitado en Inglaterra y los Estados Unidos, y más tarde desplegado a nivel global, en varias ocasiones siguiendo su mecanismo inaugural: a sangre y fuego (cuestión crucial que se omite nuevamente).

En todo caso, esta declaración fondomonetarista abre de nuevo la oportunidad para seguir subrayando la naturaleza inherentemente autoritaria y antidemocrática del neoliberalismo desde su mismo estreno, hasta los tiempos presentes. El documento destaca además que, si bien la agenda neoliberal habría traído “beneficios” para el mundo contemporáneo −según los autores, mayores tasas de crecimiento y competencia internacionales; limitaciones a los Estados que desgobernaban sus sociedades abusando del déficit fiscal; la expansión del comercio global, de la cual afirman los autores “rescató” a millones de personas de la pobreza (¡nunca lo demuestran!); la transferencia de tecnología hacia los países en desarrollo; y, mejoras en la eficiencia en la provisión de servicios, entre otras tantas virtudes−, existirían tres promesas incumplidas por el neoliberalismo que pueden resumirse así:

– Los beneficios en términos del crecimiento económico son bastante difíciles de establecer cuando se observan un número amplio de países.

– Los costos en términos de una creciente desigualdad son prominentes. Tales costos reflejan la ‘contrapartida’ entre los efectos del crecimiento y la desigualdad de varios aspectos de la agenda neoliberal.

– La creciente desigualdad a su vez afecta (negativamente) el nivel y la sustentabilidad del crecimiento. Incluso si el crecimiento es el único o el principal propósito de la agenda neoliberal, la defensa de tal agenda aún necesita prestar atención a los efectos distributivos.

Las reacciones no se hicieron esperar. Para el Financial Times la publicación ha sido un “inapropiado mea culpa del neoliberalismo” –así se lee literalmente en una editorial dedicada a este artículo−, puesto que esas ideas auxilian “(…) regímenes opresivos en todo el mundo que se posicionan como cruzados contra el neoliberalismo, subyugando a su población con medidas económicas ineficaces”. Otros comentaristas, en cambio, dicen estar sorprendidos que desde las entrañas del FMI se haya criticado la orientación ideológica, política y económica defendida dogmáticamente por ese organismo durante décadas: el neoliberalismo.

Entre el calidoscopio de las reacciones, por ejemplo, Dani Rodrik afirmó: “¿Qué demonios está pasando?… El FMI se une a las críticas al neoliberalismo”. Por su parte, Naomi Klein (autora del best-seller: “La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, 2008), se preguntó: “el FMI admite que el neoliberalismo es un fracaso, ahora todos los multimillonarios que ha ayudado a crear van a devolver su dinero, ¿verdad?”[1]. Pero, ¿qué tan cierto es que el FMI “se une” a las críticas al neoliberalismo? ¿Cuáles son los alcances y el significado ideológico y práctico de estas “críticas”?

De entrada hay que matizar las extrañezas advirtiendo que situaciones como las propiciadas por el artículo de Ostry et alter y algunos comentaristas, no son nuevas ni inéditas. Hacen parte de la tendencia más reciente y actual del discurso hegemónico, el cual pretende seguir reforzando la continuidad del capitalismo neoliberal aunque bajo una “nueva síntesis”, una versión de nuevo cuño. Este giro en las prácticas discursivas hegemónicas desde posiciones consideradas “dogmáticas” y “fundamentalistas” de mercado hacia otras perspectivas neoliberales en las cuales el mercado es fundamental, recientemente han sido denominadas de varias maneras: (neo)liberalismo regulado (Watkins 2010), nuevo neoliberalismo (Puello-Socarrás 2008a y Puello-Socarrás et alt. 2015)[2].

Aunque estos acontecimientos no son signos que alertan sobre un cambio de época y de rupturas, sí evidencian una época de cambios al interior del neoliberalismo que debe ser subrayada, teórica y políticamente, con el objetivo de reorganizar las fuerzas social-populares y retomar las praxis auténticamente contra el neoliberalismo.

Después de varios años de ser demostrativas −en frecuencias e intensidades−, especialmente en Nuestra América, las resistencias sociales y populares lograron posicionar regionalmente una perspectiva de contestación política frente al neoliberalismo. Incluso, los primeros años del siglo XXI llegaron a elevar tanto horizontes anticapitalistas como formas alternas-y-nativas, alternativas al desarrollo neoliberal: v.gr. post-desarrollismos (véase Escobar, 2005 y Quijano, 2014); paradigmas civilizatorios del Buen-vivir-Bien como suma qamaña, summa kawsay, ñande reko (véase Yampara & Temple, 2008); “socialismos raizales” (véase Fals-Borda, 2013). Sin embargo, este movimiento de alternativas parece hoy ponerse entre paréntesis, entre varias razones, por inadvertir las influencias que ejercen esta clase de operaciones ideológicas hegemónicas.

  1. Críticas neoliberales al Neoliberalismo: tesis y evidencias

Tesis #1. Lejos de verificar el “final de sus finales”, como fue anticipado errónea y precipitadamente –al decir de Harvey (2004)–, por “agoreras predicciones” desde distintos oráculos entusiastas realizados por distintos sectores, hoy nuevamente exacerbados con ocasión del artículo de Ostry et alter[3], y a pesar de debatirse en una crisis sin precedentes que cuestiona fuertemente sus fundamentos históricos en diferentes dimensiones (una de ellas: la ideológica), el neoliberalismo ni se desvanece ni se debilita. En contraste: el neoliberalismo continúa profundizándose globalmente y se consolida como el proyecto económico político del capitalismo tardío, hoy actualmente vigente.

La construcción de una sociedad de mercado (no sólo de una “economía”, dos cosas distintas) a nivel planetario continúa siendo la (contra)utopía de las élites mundiales. Como muestra Mirowski (2013), la crisis capitalista mundial en curso y los últimos shocks (v.gr. financiero, socio-ambiental, trayendo a colación únicamente dos de ellos), antes que servir para debilitar socialmente o falsear en lo ideológico la vigencia del neoliberalismo, paradójicamente han reforzado su persistencia.

Le asiste la razón a Slavoj Žižek (2003, 7) cuando señala que para la mayoría de la gente común: “Hoy… parece más fácil imaginar el ‘fin del Mundo’ que un cambio mucho más modesto en el modo de producción, como si el capitalismo liberal fuera lo ‘real’ que de algún modo sobrevivirá, incluso bajo una catástrofe ecológica global”.

Está (contra)utopía se encuentra hoy en firme y proyectándose. Varios dispositivos concretos como los Tratados de Libre Comercio de última generación: Trans-Atlántico (EE.UU. + Unión Europea) o Trans-Pacífico (EE.UU. + 11 países pertenecientes a la Cuenca del Océano Pacífico) o, instancias subordinadas a estos acuerdos como la Alianza del Pacífico, son ilustrativos de este hecho.

Tesis #2. Hoy y ayer, las (supuestas) críticas al neoliberalismo, sobre todo aquellas que provienen desde lugares de enunciación indudablemente hegemónicos, como el FMI (el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, más recientemente, el Foro Económico Mundial), no son críticas en el sentido de pretender modificar, menos aún intentar superar, el actual estado de cosas. Ciertamente, este neoliberalismo crítico del neoliberalismo, ni siquiera pretende impugnar los efectos que él mismo ha causado en el pasado, acertadamente descritos como holocausto social (Max-Neef 2015). Este tipo de sagaces diatribas hay que interpretarlas como estrategias discursivas resilientes desde el interior del neoliberalismo, una forma de regenerar −al decir de F. Bergsten (2011)− su “maltrecha imagen”, tanto en el sentido ideológico como práctico[4].

Tres argumentos claves permiten confirmar la tendencia comentada en la anterior tesis.

2.1. Desde el shock financiero global (2007-2008) se han exacerbado las críticas al libre mercado. ¡Incluyendo las “críticas” al neoliberalismo hechas por los mismos neoliberales!

En tiempos recientes, no hay líder en el mundo que pertenezca a las potencias globales, norteamericanas o europeas, o provenga de las élites desde los mal-llamados países emergentes o las naciones consideradas sub-desarrolladas, que no se haya pronunciado “en contra” del neoliberalismo. Por supuesto, esta astucia ha sido característica entre aquellos que han promovido dogmática y obedientemente la agenda económica y el proyecto sociopolítico neoliberales en el pasado. Algunos ejemplos sobre este particular resultan paradigmáticos.

Para Peer Steinbrück, Ministro de Finanzas de Alemania (2005-2009): “El capitalismo de laissez-faire” y la idea de que “los mercados deberían ser liberados de la regulación tanto como fuera posible son argumentos errados y peligrosos” (EUObserver, 26 septiembre 2008). Los mercados financieros globales se habían convertido en “monstruos”, proponía Steinbrück, siguiendo un apelativo antes enunciado por Horst Köhler, antiguo ¡director gerente del FMI! (2000- 2004) cuando oficiaba como Presidente de la República Federal Alemana. Ante ello, se precisaba “civilizar” a los mercados, a través de “la decidida acción de los gobiernos” o, en palabras de Köhler (Financial Times, mayo 15 2008), mediante “una mayor regulación”.

La idea de un mercado libre pero “civilizado” fue replicada en simultáneo por otro alemán: Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI) en la Carta Encíclica: Caritas in Veritate (2009). Hoy es un pronunciamiento insistente en las exhortaciones supuestamente contra el neoliberalismo, por parte del argentino Jorge Bergoglio, actual Papa Francisco. Las controversias, en este sentido, han tenido que ser aclaradas públicamente por el Vaticano, a través de su mano derecha, el cardenal Reinhard Marx. Esta línea discursiva, el cato- neoliberalismo (véase Puello-Socarrás 2015 y 2014a) resulta ser una de las expresiones más diáfanas sobre las pretensiones del neoliberalismo crítico del neoliberalismo: recrear una Economía Social de Mercado (ESM) a nivel global, derrotero en cual coinciden contemporáneamente el Vaticano y la canciller alemana Ángela Merkel e históricamente, con Milton Friedman y Augusto Pinochet.

Gordon Brown, ex Primer Ministro Británico, proponía que el año 2008: “finalmente marcaba el final de la vieja época del dogma del libre mercado desenfrenado”. Nicolás Sarkozy, reconocido promotor de las ideas neoliberales, fungiendo como Presidente de Francia sentenciaba también: “(…) la idea del mercado omnipotente sin reglas ni intervención política es descabellada. La autorregulación se acabó. El laissez-faire se acabó. La omnipotencia del mercado que siempre tiene la razón, se acabó” (Liberation, 26 septembre 2008). Mientras que su compatriota, Dominique Strauss-Kahn (2011), en la época en que servía como !Director Gerente del FMI!, durante una conferencia en Washington, silenciaba un auditorio sosteniendo que la bitácora fondomonetarista desde los años 1990s: “El Consenso de Washington pertenec[ía] al pasado”.

Barack Obama inauguró su mandato presidencial en los EE.UU., diciendo:

La pregunta que hay ante nosotros no es si el mercado es una fuerza benéfica o enferma. Su poder para generar riqueza y ampliar la libertad resulta incomparable. Pero esta crisis nos ha recordado que sin un ojo vigilante, el mercado puede salirse de control (Discurso de posesión presidencial, 2008)

Al mismo tiempo que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz aseguraba:

El programa de la globalización ha estado estrechamente ligado a los fundamentalistas del mercado: la ideología de los mercados libres y de la liberalización financiera. En esta crisis, observamos que las instituciones más basadas en el mercado de la economía más basada en el mercado se vienen abajo y corren a pedir la ayuda del Estado. Todo el mundo dirá ahora que éste es el final del fundamentalismo del mercado. En este sentido, la crisis de Wall Street es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica resulta insostenible. Al final, dicen todos, ese modelo no funciona [énfasis propio] (El País, 21 de septiembre de 2008).

El cientista político norteamericano Francis Fukuyama quien un par de décadas atrás había sentenciado El fin de la Historia (¡de la humanidad!) bajo el capitalismo neoliberal y sus instituciones, proponía taxativamente, ese mismo año:

(…) cierta versión de capitalismo ha colapsado… Entre 2002 y 2007 mientras el mundo disfrutaba un período de crecimiento económico sin precedentes, era fácil ignorar a esos socialistas europeos y populistas latinoamericanos que denunciaban el modelo usamericano como “capitalismo de vaqueros“. Pero ahora que el motor de ese crecimiento, la economía norteamericana, se ha descarrilado y amenaza hundir al resto del mundo con ello. Peor, el culpable es el modelo Americano mismo: bajo el mantra de menos gobierno…” [énfasis propio; cursivas no pertenecen al texto]. (‘The End of American Inc.’, The Economist, 3 octubre de 2008).

En este itinerario de relatos, no hay que dejar de señalar que desde América Latina y el Caribe, laboratorio de resistencias donde se desplegaron las luchas más determinantes contra el neoliberalismo durante el cambio de milenio, varios gobiernos se hicieron al mote del “capitalismo (en) serio”, convergiendo con la impronta de las prácticas discursivas de los países centrales que antes consignábamos.

Precozmente en 2003, el extinto presidente de Argentina, Néstor Kirchner explicaba ante la Bolsa de Comercio de Buenos Aires:

El plan es construir en nuestra patria un capitalismo en serio, con reglas claras en las que el Estado juegue su rol inteligentemente para regular, para controlar, para hacerse presente donde haga falta mitigar los males que el mercado no repara, poniendo un equilibrio en la sociedad que permita el normal funcionamiento del país (Kirchner, 2003).

Como antesala a las reuniones del G-20 en 2011, en la Cumbre paralela al G-20, llamada B-20 (congreso de empresarios), realizado en Cannes (Francia), su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, presidente en ejercicio, insistía por enésima vez:

Lo que estoy proponiendo es volver al capitalismo en serio, porque esto que estamos viviendo, señores, no es capitalismo. Esto es un anarco-capitalismo financiero total, donde nadie controla a nadie” [énfasis propio] (Clarín 3/11/2011).

Este lema encontró afinidades tanto con la versión uruguaya, muchas veces remarcada por ex presidente de la República José ‘Pepe’ Mujica (véase Percy 2015)[5]; como con el neo-liberal-desarrollismo del Partido de Los Trabajadores brasileño durante los gobiernos de Luiz Inácio ‘Lula’ Da Silva y Dilma Rousseff (véase Iasi , 2012).

En esos momentos, muchas personas pudieron reaccionar desprevenidamente de la misma manera en que lo hizo Rodrik y decir: “¿Qué diablos está pasando? Reconocidos neoliberales ¡se critican así mismos!”. Y de ahí pudieron surgir las más variadas especulaciones sobre hipotéticos mea culpa, arrepentimientos o supuestos actos de contrición.

Todas estas declaraciones, no obstante, se entienden en su justa proporción y real dimensión cuando se revelan los auténticos propósitos que las animan:

  1. a) Regenerar la “maltrecha imagen” del capitalismo neoliberal, presentándolo ahora en una versión menos fundamentalista (dogmática). Para ello ha sido preciso realizar una crítica al mercado “desenfrenado”, “anárquico”, “desregulado”, “monstruoso”, pero al mismo tiempo, avalando la existencia de otra (supuesta) cara del Mercado “con límites”, “serio”, “regulado”, “civilizado”, etc.
  1. b) Alejarse del perfil ab origine del neoliberalismo promoviendo su continuidad bajo una versión de “tercera vía”, en la cual los llamados a la regulación estatal (o gubernamental), resultan cruciales. Estas invocaciones niegan firmemente toda posibilidad de convalidar el intervencionismo de Estado (a la Keynes) o las modalidades de Planificación estatal (Socialista), reafirmando también el reconocimiento neoliberal según el Mercado ni es omnipotente ni perfecto; no obstante, sigue intacta la convicción que el Mercado debe ser el criterio ordenador omnipresente y (re)productor de la totalidad de las dinámicas sociales −no sólo en cuestiones de economía, como suele pensarse−, a pesar de la competencia imperfecta que hoy se acepta en las lógicas de mercado[6].

Ambas situaciones, últimamente, han sido reiteradas tanto en los discursos como en las prácticas en medio del tránsito global, desde el neoliberalismo desregulado del pasado (el modelo angloamericano) hacia el (nuevo) neoliberalismo regulado del presente[7].

Este giro se encuentra respaldado ideológica y teóricamente por versiones menos fundamentalistas del neoliberalismo histórico, alejadas precisamente del “modelo (anglo)americano” −tal y como lo sugieren Fukuyama y también lo recalca Stiglitz, como se verá más adelante−, más próximos a los fundamentos heterodoxos de raigambre austro- alemán, entre ellos la economía social de mercado, los cuales podrían resumirse sintéticamente alrededor de dos lemas básicos: i) Freie Wirtschaft, starker Staat (“Economía libre, Estado fuerte”); y, ii) So viel Markt wie möglich; so viel Staat wie nötig (“tanto Mercado como sea posible, tanto Estado hasta donde sea necesario”) (véase Puello- Socarrás 2008a y 2015a).

Y es que no hay que olvidar que el proyecto neoliberal de largo plazo, es decir, más allá de las coyunturas propias de su auge y evolución tempranas –si se quiere, las fases de ‘choque’, identificadas con aquella versión fundamentalista más dogmática, a lo cual Klein (2007) llamó: la doctrina del shock−, se concibió alrededor de una Economía Social de Mercado (ESM), la cual tuvo como laboratorio in vivo ab origine ¡Chile en tiempos de Pinochet!, como quedó registrado en uno de los tantos intercambios epistolares entre el dictador austral y el pater putative del neoliberalismo, Milton Friedman:

El problema económico fundamental de Chile tiene claramente dos aristas: la inflación y la promoción de una saludable economía social de mercado (…) El mayor error, en mi opinión – plantea Friedman -, fue concebir al Estado como el solucionador de todos los problemas, de creer que es posible administrar bien el dinero ajeno. [énfasis propio; cursivas no pertenecen al texto] (Friedman 1998, 591: Carta al “Excmo. Sr. Augusto Pinochet Ugarte”, 21 de abril de 1975).

2.2. Operadores (intelectuales) en construcción (del nuevo neoliberalismo)

Al día de hoy, existe un contingente emergente, pero relativamente consolidado de neoliberales críticos del neoliberalismo. Desde variados locus individuales y colectivos: organizaciones multilaterales (¡entre ellas el Fondo Monetario Internacional!), centros de investigación, universidades, think tanks y, especialmente, personalidades mundialmente publicitadas, los denominados (nuevos) money-doctors – o “profetas de la economía”; aunque aquí preferimos seguir la caracterización hecha por John Perkins: Economic hit-men (2006) –, las operaciones para la regeneración ideológica del neoliberalismo tardío avanzan sin titubeos.

El análisis sobre los ámbitos académicos e intelectuales, hoy (progresivamente) hegemónicos, es una oportunidad para comprender y explicar este acontecimiento. Estos lugares de enunciación y producción inmateriales se constituyen en piezas claves dentro de la alienación ideológica, es decir: los procesos de ocultamiento sistemático de las contradicciones del capitalismo de época. En su fase actual: la neoliberal, en la cual los desajustes y conflictos socioeconómicos se exacerban (v.gr. los niveles de desigualdad, pobreza, pauperización, etc.), la mistificación y el fetichismo ideológicos resultan conditio sine qua non para la reproducción del sistema como un todo.

La alienación actual puede ser ejemplificada a partir de los roles que han venido jugando contemporáneamente ciertos perfiles intelectuales, especialmente, los premios nobel en economía contemporáneos. Sus actuaciones no sólo influyen sobre los campos de pensamiento en abstracto en las universidades, comunidades epistémicas o en los imaginarios de la opinión pública. Son una de las mediaciones ideológicas cruciales con efectos reales y concretos en distintas orientaciones institucionales: referenciales e instrumentos en el terreno de las políticas públicas, económicas; diseños organizacionales, etc.

Algunos casos son demostrativos de lo que hemos venido argumentando. Elinor Ostrom, primer mujer en ganar el premio nobel en economía en 2009 y politóloga usamericana crítica de la ortodoxia neoclásica (especialmente del homo economicus) es, a su vez, una de las principales promotoras de las teorías del emprendimiento y el homo redemptoris, ¡argumentos desarrollados originalmente por los neoliberales austriacos!

El Gobierno de los bienes comunes (Ostrom 2011), inspirado en las teorías de F.A. Hayek –recordemos, bautizado como el padre del neoliberalismo–, ha ganado difusión y gran aceptación, incluso entre sectores de la izquierda académica en América Latina. Esto aun cuando los planteamientos de Ostrom proponen una forma tan inédita como velada de gobernanza o “gestión privada de lo común” (es decir, la mercantilización de los territorios y bienes comunitarios), a través de la construcción de (nuevas) esferas “público-privadas”: espacios sociales que funcionan a partir de lógicas de mercado, pero respaldados y, sobre todo, “regulados” por el Estado.

Por esta razón, varios autores no han dudado en destacar que la propuesta teórica de Ostrom insiste en desarrollar una concepción de “lo común” sin comunidad, es decir: sin lazos comunales (Federici & Caffentzis 2013). Sea vía negación o destrucción de lo comunal, esta clase de gobernanza para los bienes comunes reforzaría un tipo de neoliberalismo contemporáneo aplicado a estos ámbitos[8] (véase Harvey 2013, 28 y 131; Puello-Socarrás 2012, 2015c).

Por otra parte, el francés Jean Tirole, doctor en economía del Massachusetts Institute of Technology (MIT) estadunidense y galardonado en 2014, refuerza en otros temas la misma línea discursiva de Ostrom. Tirole ha venido convocando la construcción de un neoliberalismo “regulado” como forma para regenerar la dinámica neoliberal de los mercados en medio de la crisis capitalista hoy vigente:

La economía de mercado ha sido y será el motor de crecimiento y de bienestar de las naciones. Pero para funcionar bien, la economía de mercado necesita de regulación para paliar ciertas fallas de mercado y restablecer una buena responsabilización [sic] de los actores económicos (La Dépêche, diciembre de 2008).

Para que la competencia florezca –plantea Tirole– resulta fundamental que existan reglas de juego claras y reguladores independientes pues “sin un regulador fuerte, no hay liberalización eficaz” (Tirole, 2005), advirtiendo que las acciones estatales o gubernamentales sobre los mercados (la regulación) deben evitar ser permanentes. Solo se justifican momentáneamente, y “en caso” que los mercados fallen, es decir: no funcionen correctamente.

Por su parte, el académico-tecnócrata Joseph Stiglitz –también premio nobel de economía en 2001– personifica paradigmáticamente el tipo de operativos ideológicos a los cuales nos estamos refiriendo. Desde hace varios años, Stiglitz ha sido posicionado entre la opinión pública estadounidense y mundial como un “crítico del neoliberalismo”.

Autor del Consenso Post-Washington (Stiglitz, 1998), propuesta que publicitariamente se postuló a contracorriente del Consenso de Washington (decálogo de políticas que simplemente es una de las tantas expresiones del proyecto neoliberal, cuestiones distintas en grado y magnitud), Stiglitz en realidad continuó reafirmando, con algunos matices, la preeminencia de las lógicas de mercado, en la misma línea argumentativa de sus pensamientos y actuaciones más recientes. Hay que reconocer que el zigzagueo discursivo de Stiglitz y su manera para presentar ciertos temas ante públicos no especializados tienden a confundir.

Por ejemplo, Stiglitz es reconocido como uno de los más crudos opositores de los Acuerdos de libre comercio: Trans-Atlántico y Trans-Pacífico que adelanta el gobierno de su país, los cuales no duda de calificar como “farsa”, porque en su opinión estos acuerdos comerciales “(…) colocan habitualmente los intereses comerciales por encima de otros valores… [que] no deben ser negociables” (Stiglitz, J. “La farsa del libre comercio”, El Espectador, 13 de julio de 2013).

A primera vista, esta posición podría parecer justamente una crítica; sin embargo, el mismo autor, aclara:

Si los negociadores crearan un régimen de libre comercio auténtico, en el que se concediera a las opiniones de los ciudadanos de a pie al menos tanta importancia como a las de los grupos de presión empresariales, podría sentirme optimista, en el sentido de que el resultado fortalecería la economía y mejoraría el bienestar social. Sin embargo, la realidad es que tenemos un régimen de comercio dirigido, que coloca por delante los intereses empresariales, y un proceso de negociaciones que no es democrático ni transparente [énfasis propio] (Stiglitz, J. “La farsa del libre comercio”, El Espectador, 13 de julio de 2013).

Tal y como reza un refrán anglosajón: el diablo está en los detalles. Aquí las críticas realizadas al régimen de libre comercio “dirigido”, la farsa, son para reclamar la necesidad de una versión “auténtica”, un libre mercado puro. Stiglitz en otras oportunidades ha reafirmado esta cofradía con los postulados del neoliberalismo heterodoxo (“la segunda escuela”, según sus palabras), a través de sus críticas a la ortodoxia neoliberal (“la primera escuela” que él considera heredera de Adam Smith), pero exclusivamente para relegitimar el proyecto neoliberal del capitalismo de mercado.

Durante 200 años, ha habido dos escuelas de pensamiento sobre qué es lo que determina la distribución de los ingresos –y sobre cómo funciona la economía. Una, que surge de los pensamientos de Adam Smith y los economistas liberales del siglo XIX, se centra en los mercados competitivos.

La otra — consciente de la forma como el liberalismo de Smith conduce a una rápida concentración de la riqueza y el ingreso— toma como punto de partida la tendencia sin restricciones que tienen los mercados para dirigirse hacia el monopolio. Es importante entender ambas escuelas debido a que nuestros puntos de vista sobre las políticas gubernamentales y las desigualdades existentes se moldean según cuál de las dos escuelas de pensamiento cada uno de nosotros cree que es la que proporciona una mejor descripción de la realidad [énfasis propio] (Stiglitz, J. “La nueva era del monopolio”, El Espectador, 27 de mayo de 2016).

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