“Unión Europea y su unión monetaria se ha convertido en una magnífica máquina de racionalización neoliberal”.

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Carta de Wolfgang Streeck, economista y sociólogo alemán al historiador Adam Tooza

El arrebato de Adam Tooze es materia para una futura anatomía de la retórica de clase del falso cosmopolitismo que está floreciendo entre una clase media urbanita y académica que está en fase de introspección en esta época del posbrexit. (London Review of Books, 5 de enero).

Aquellos de nosotros que no cumplimos los exigentes estándares del utopismo universalista podemos consolarnos con el hecho de que cuando se trata de asuntos terrenales hasta los habitantes de la alta autoridad moral han demostrado en el pasado un saludable sentido del pragmatismo, como por ejemplo cuando se abstuvieron de hacer un llamamiento para que el Reino Unido se uniera a la Unión Monetaria Europea o durante los acuerdos de Schengen, y esto me hace sospechar que ellos también saben distinguir entre las diferentes construcciones institucionales europeístas o globalistas, y entre los diferentes intereses o necesidades nacionales que están en relación con ellos mismos.

Aunque Tooze representa algunos aspectos de mi trabajo con justicia, me resulta bastante incómodo que sostenga que mi intención era afirmar la ‘primacía de la nación’. (Otros aspectos también, pero por falta de espacio no podré aquí referirme a ellos).

Conozco este tropo por las discusiones que tienen lugar en Alemania, donde se denuncia cualquier referencia positiva a las fronteras nacionales o a la soberanía nacional como si implicara ‘volver al Estado-nación del siglo XIX’, o incluso como si fuera un llamamiento al Abschottung (aislamiento, encerrarse por el pánico). No sé si diría ‘primacía’, pero si hablamos de la política europea actual o de los próximos diez o veinte años, prefiero un sobrio empirismo (¿Británico?), puesto que todo lo demás es altamente inflamatorio.

En Europa, el Estado-nación (no suelo nunca hacer referencia a la ‘nación’, sino al Estado-nación, que es una institución, una organización política y no una hermandad de sangre étnica) está vivito y coleando como se puede ver en el Reino Unido, pero también en Escocia, que es un Estado-nación en espera. (Bastantes de mis amigos antibrexit estaban a favor de la independencia).

No puedo imaginarme una Unión Europea, se desarrolle como se desarrolle en los próximos años, en la que los históricos Estados-nación de Europa no desempeñen un papel importante, y seguramente un rol constitutivo. Europa no puede ser un sistema de gobierno unitario, por innumerables razones.

No me preocupa tanto ‘afirmar la primacía de la nación’, sino saber cómo nuestros históricamente heredados Estados-nación podrán conformar un tejido europeo en el que puedan vivir en paz los unos con los otros y también consigo mismos, entendiendo por esto segundo, o yo al menos así lo entiendo, protegerse de las fuertes presiones, tanto internas como externas, que buscan conseguir una reestructuración neoliberal de las economías y las sociedades.

En este sentido, demasiada centralización es contraproducente, como se ha podido observar a raíz del surgimiento en todas partes de partidos anti-integracionistas y nacionalistas, y de la salida de Europa de un país como el Reino Unido, que a lo sumo estaba solo mínimamente integrado en ‘Europa’, para empezar. Cuanto más se lucha por ‘más Europa’, menos Europa se consigue.

Todo esto sobre la política. Sobre la economía política, ‘Europa’ (es decir, la Unión Europea y, en particular, su unión monetaria) se ha convertido en una magnífica máquina de racionalización neoliberal. Yo lo vi venir, y avisé, a principios de la década de 1990, cuando se produjo el giro de la segunda Comisión de Delors hacia una política económica basada en la oferta.

Atrás quedaba la ‘dimensión social’, sobre todo por la influencia británica y, no recuerdo que los remainders que querían seguir en Europa hayan hablado con sus gobiernos, conservadores o nuevos laboristas sobre la necesidad de dotar a una ‘Europa unida’ de recursos eficaces que permitan defender el Estado del bienestar europeo en el ámbito nacional y en el supranacional.

Hace tiempo que pasó ese tren. Me gustaría pensar que historiadores como Tooze son conscientes de que existe lo que los científicos sociales llaman ‘dependencia de patrones establecidos’. La democracia, definida como la posibilidad institucionalizada de que la plebe recuerde a los patricios que siguen existiendo, está todavía presente hasta cierto punto en el ámbito nacional, aunque de manera residual (si no, pensemos en el voto del brexit), sin que parezca que vaya a extenderse a los elevados círculos de los Junckers y los Draghis, por razones institucionales, organizativas, lingüísticas o las que sean.

Mi argumento es que la democracia es más importante que la globalización, y puesto que la democracia global no es más que una quimera, un poco menos de globalización estaría también bien si pudiera conseguirnos un poco más de democracia. Aunque quizá la batalla ya esté perdida.

Puede que los liberales como Mario Monti, un experimentado funcionario tanto de las altas finanzas como de las altas esferas europeas que prometió a los cosmopolitas de
Europa que convertiría a los italianos en alemanes (en una entrevista para un periódico poco antes de que unas elecciones sellaran su destino), vean las cosas de manera diferente, y por supuesto Tooze es libre de opinar igual.

Sin embargo, el juego sucio de verdad comienza cuando convierte mi inocente distinción analítica entre ‘el pueblo del Estado’ y ‘el pueblo del mercado’ en una conceptualización esencialista, racista e implícitamente antisemita de la política y de la economía política.

Los pasajes correspondientes de mi libro están dedicados a explicar dos presiones contrapuestas que existen dentro de la política democrática en épocas de deuda elevada: presiones por una parte de los propietarios de pasaportes que exigen un derecho a voto (Staatsvolk) y por otra de los propietarios de los bonos y los bienes inmuebles que exigen el derecho a vender (Marktvolk).

No digo nada sobre su constitución, excepto para mencionar que los derechos de voto son nacionales y los derechos de venta son internacionales (lo que es verdad). Nada en concreto sobre ninguna etnia, por ninguna parte. ¿Existen solapamientos personales entre los dos ‘pueblos’?

Seguro, y los cito de manera explícita, entre los ricos (cuya movilidad internacional, no obstante, es mayor que nunca antes en la época moderna) y los menos ricos (aquellos que tienen dinero en los fondos privados de pensiones). Tooze insinúa, dejémoslo claro, que mi Staatsvolk es un Volksgemeinschaft y que mi Marktvolk es una conspiración internacional, probablemente judía. Esto es inaceptable y hace que me quede sin palabras.

Una última observación sobre Europa. El periódico The Sun llamó a Oskar Lafontaine el ‘hombre más peligroso de Europa’ poco después de que fuera nombrado ministro de Economía a finales de 1998. Tooze olvida mencionar que The Sun y otros periódicos británicos, si no recuerdo mal, adornaron su imagen con una esvástica, porque en su primera visita a Londres había defendido una armonización fiscal para Europa. (Si eres alemán, sabes que cualquiera que esté en desacuerdo contigo te aplica rápidamente una esvástica; y hasta puede ser suministrada con un trémolo de Marco Antonio, como Tooze: ‘No me gustaría imputarle eso a Streeck’).

Por aquel entonces yo era miembro de un grupo que había creado la cancillería alemana en conjunto con los ‘agentes sociales’ (en la jerga alemana: los sindicatos y las asociaciones de empresarios). Se nos encargó que diseñáramos formas de superar lo que por entonces era una grave crisis laboral. (No las reformas Hartz, que se adoptaron en 2003 cuando nuestro grupo ya había sido disuelto hacía tiempo).

Coincidiendo más o menos con la visita a Londres de Lafontaine, participé en una conferencia en Ámsterdam en la que mencioné cómo los países europeos atraían a las oficinas centrales de las compañías multinacionales mediante acuerdos fiscales especiales. Entre el público se encontraba un alto funcionario del partido holandés Partij van de Arbeid (Partido del Trabajo), que durante las siguientes reuniones me gritó como si yo aspirara a ser el próximo Gauletier de los Países Bajos.

No se me ha olvidado todavía. Allí aprendí lo complejas que son las políticas europeas, tan complejas que la idea de que sería suficiente con un gobierno R2V (2 rojos y un verde) en Alemania para que se volatilizaran los intereses y las obsesiones nacionales es ridícula. Puede que a otros con menos experiencia sobre el terreno les cueste comprender por qué tanta gente en Europa considera la europeización de Alemania de Habermas como una germanización de Europa. Sin embargo, el universalismo puede ser imperialismo.

Cuando hago un llamamiento a preservar un mínimo de soberanía nacional en cualquier tipo de construcción europea que resulte finalmente, lo hago porque quiero que los europeos vivan en paz los unos con los otros, algo que en mi opinión necesita, entre otras cosas, que los países dispongan de una capacidad medianamente efectiva de defenderse de las presiones competitivas y del control alemán, y en concreto de las primeras impuestas por el segundo. El gran capitalismo ya es un tipo lo suficientemente duro de combatir.

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